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A veces me da la sensación de que nuestra sociedad occidental, tan alérgica a todo lo que significa “sentimiento”, tan “dolorofóbica” ella, intenta siempre subestimar la experiencia dolorosa y discapacitante del duelo. Y cuando lo denuncias te dice que lo hace con la mejor de sus intenciones, que quiere ayudar al que más sufre la pérdida a salir hacia delante.  Es como si pareciera que quien está en duelo debería ocuparse justo en esos momentos de demostrar a los demás que es sano y normal y por ello, según el prejuicio popular, debe esforzarse para superar la pérdida con rapidez, en silencio y sin ayuda de ningún tipo.

Y la verdad es que en ese momento te duele toda la vida, en su conjunto, duele. Te duele el cuerpo. Te duele la sociedad y tu relación con ella. Te duele la identidad y el pensamiento. Te duele el dolor de la familia y los amigos. Te duele el corazón y el alma. Es un proceso que requiere tiempo y que recorres en soledad. Y es precisamente ese enfrentamiento de uno mismo, en soledad, contra tu propio miedo el que te incapacita como si te cortasen las mismas piernas. Menos mal que el tiempo, que no el olvido, y ese dejar fluir los sentimientos hasta que la tormenta amaine  es lo que finalmente viene en tu rescate. Y el cariño de los tuyos, que lo son todo.

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